LAS EDADES DEL AMOR
O
EL AMOR DE LAS EDADES
El Paradigma del Amor: En la relación madre e hijo podemos ver que se dan todas las etapas, de las edades del amor. El Analizar algunas características de esa relación nos va a servir de introducción al tema que nos ocupa.
Y es que allí se va a dar desde la unión simbiótica en el vientre, donde el niño sin su madre, sin “el otro” no puede sobrevivir, hasta la madurez de ambos de saberse independientes, ser agradecidos y trascender. Es el ciclo natural de unión separación, esencia misma de la vida. El amor materno es una afirmación incondicional de la vida del niño y sus necesidades, y comprende dos aspectos fundamentales: el primero, el cuidado para la conservación de la vida y su crecimiento; y el segundo, es la actitud que inculca en el niño el amor a la vida, creándole el sentimiento de que “es bueno estar vivo”; el amor a la vida y no solo el deseo de conservarse vivo. Por su carácter altruista y generoso, el amor materno ha sido considerado la forma más elevada de amor y el más sagrado de todos los vínculos emocionales. Sin embargo, parece que la verdadera realización materna, no está en el amor de la madre al pequeño bebé, sino en su amor por el niño que crece. La mayoría de las mujeres aman a sus hijos mientras son pequeños y dependen por completo de ellas; ello a pesar de que no “obtienen” nada del niño excepto una sonrisa o una expresión de bienestar en su rostro, pudiendo estar este hecho parcialmente arraigado en una serie de instintos de tipo biológico. Pero indudablemente, también existen factores psicológicos específicamente humanos que determinan este tipo de amor maternal, incluyendo el elemento narcisista del amor materno, alimentado por la sensación de que el bebé es parte suya. El niño, desvalido y sometido por entero a su voluntad, constituye un objeto natural de satisfacción para la madre. Sin embargo, existe en el ser humano una motivación más importante y universal como es la necesidad de trascendencia, arraigada en el hecho de su autoconciencia, en el hecho de no estar satisfecho con el papel de solo criatura. Necesita sentirse creador, trascender el papel pasivo de haber sido creado. Y allí está la madre amando y cuidando a su “creación”.
Ella se trasciende en el niño; su amor por él da sentido y significado a su vida. Pero el niño debe crecer. Debe emerger del vientre materno y de su pecho, convirtiéndose finalmente en un ser humano completamente separado. La esencia misma del amor materno es cuidar de que el niño crezca y esto significa desear que el niño se separe de ella, radicando allí la diferencia básica con el amor erótico, el amor apasionado. En este último, dos seres que estaban separados se unen. En el amor materno dos seres que estaban unidos se separan. La madre debe no solo tolerar, sino también desear y promover la separación del niño y es en esa difícil etapa en donde el amor materno requiere de generosidad y capacidad de dar todo sin desear nada, salvo la felicidad del ser amado. Solo la mujer que realmente ama, la mujer que es más feliz dando que recibiendo, que está firmemente arraigada a su propia existencia, puede ser una madre amante cuando el niño está en el proceso de la separación. El amor maternal por el niño que crece, amor que no desea nada para sí, es quizá la forma de amor más difícil de logar.
Aquí, en la relación madre-hijo, se instauran las primeras relaciones objetales; los sentimientos de satisfacción y frustración, los límites del Yo y no Yo y el deseo, entre otras improntas que nos acompañarán durante el resto de nuestra existencia y determinarán el matiz de todas nuestras relaciones.
Y así salimos al mundo, con nuestra individualidad, con un Yo (EGO) que comprende entre otras, una parte corporal; la autoidentidad, autoestima, el sentido de pertenencia, la autoimagen, la razón y la ambición. Además de con una familia y una cultura que nos encontramos con un otro o una otra con quien trataremos de establecer una relación de pareja.
Una relación de pareja es algo sumamente difícil, porque está constituida por dos personas totalmente diferentes, queriendo ser absolutamente iguales. El establecimiento de la relación de pareja, pasa por varias etapas esenciales, siendo la primera de ellas
EL ENAMORAMIENTO
Ese súbito derrumbe de las barreras del Yo que existía hasta ese momento entre dos desconocidos, se desmorona, y comienza así una experiencia repentina de intimidad, que comparte con la pasión la sobrestimación sexual del objeto (refiriéndonos aquí a las relaciones objetales). El Yo se entrega al objeto y allí tiene su punto de encuentro con la pasión. En esta relación interpersonal de la pareja se activan los conflictos dominantes inconscientes no resueltos de los dos; interactúan los opuestos, y si las diferencias complementan, sobrevive la relación; si las diferencias distancian: pueden tener lugar la separación y la ruptura.
Son como dos placas tectónicas que ante las sacudidas de las diferencias van logrando un mejor equilibrio o nivelación. Peligrosas son las parejaaber tenido nunca una discusión, una pelea, pues son las que generalmente no sobreviven.
En la práctica cotidiana del trabajo con parejas uno ve que la mayoría de los conflictos puede darse en tres aspectos fundamentales.
1.- Debilitamiento o defecto en algunos de los cuatro pilares:
Comunicación
Confianza, credibilidad
Amor
Intimidad
2.- Falta de delimitación en algunos de los tres espacio-tiempos:
El personal. Individual
El de pareja
El de familia
3.- Déficit de algunos ingredientes como el respeto, la admiración, honestidad etc.
Volviendo a la dinámica de la relación de pareja, esta pasa en primer lugar por el enamoramiento, fase inicial en la que el otro o la otra aparece como lo que aspiramos para nosotros como ideal de la vida. Es la parte más elevada de nuestro Yo Ideal, proyectado en el otro(a); todo lo que hemos soñado está ahí frente a nosotros. El mundo interno se confunde con el externo y se flexibilizan las barreras del Yo. El egocentrismo innato que inhibe nuestro amor por los demás, cristalizado en el Yo desaparece y somos capaces de compartir con el otro nuestro egotismo o egoísmo. A través del amor erótico, del amor exclusivo por el otro.
Ese otro se convierte en primer lugar en el espejo que nos confronta con nuestro egoísmo y nuestros defectos; pero también con nuestras mejores cosas. El sujeto percibe, ve, oye, huele, la ilusión de algo irresistible apareciendo en el cuerpo del otro, producto de la proyección del amante en el cuerpo del amado. La intimidad se establece principalmente a través del contacto sexual; el mismo, además de calmar un instinto y aliviar una tensión, disuelve momentáneamente la angustia de la separatividad, de la soledad; sin embargo, frecuentemente la mayoría de las personas une el deseo sexual a la idea del amor, incurriendo en el error de que solo se ama cuando se desea físicamente, pero si la unión física no está fundida con la ternura, estimulada por el amor, jamás conducirá a una verdadera unión, salvo de manera transitoria. El deseo sexual es una pulsión innata y no puede calmarse hasta que no logra su objetivo. La atracción sexual crea de manera momentánea la “ilusión” de la unión, pero sin amor, deja a los desconocidos tan separados como antes.
El placer relacionado a la satisfacción del instinto sexual es absolutamente limitado e inherentemente breve; no puede preservarse para siempre y nos regresa a un estado de inquietud, tensión y deseo de manera permanente. El amor es la estética del sexo; es un esfuerzo por liberarlo de su pasado biológico. Psicológicamente, según Lacan en palabras de Rómulo Lander, El objeto del deseo proviene de la falta, la cual se instala debido a la pérdida inicial del objeto, ya que la pérdida original ocurrió temprano en la vida, y será buscado sin poderlo nunca encontrar; sin embargo, cuando el sujeto “cree” haberlo encontrado, entonces se desata un estado de pasión y este encuentro azaroso por demás, tiene un enganche, un agarre sobre algún detalle del cuerpo del otro. Afirma Otto Kernberg: la persona amada se nos presenta simultáneamente como un cuerpo en el que se puede penetrar y una conciencia impenetrable. Es decir, que hasta la unión más estrecha contiene siempre un elemento de separación. El amor consiste en la revelación de la libertad de la otra persona, una comprensión casi siempre dolorosa porque nos obliga a hacer frente a nuestros deseos más posesivos. Pero este amor ideal; este amor erótico ó apasionado, sin entrar en sutiles, pero importantes diferencias, es reducido, limitado. La poesía se transforma en prosa; para los más optimistas la primera puede durar hasta 21 años, 14, o 7(por aquello de la crisis de los 7); para otros a los cuatro y para muchos, lo que dure la luna de miel, pero para dar luego paso al verdadero amor. Al día siguiente de la luna de miel, existen en la misma cama cuatro, seis, ocho o dieciséis personas diferentes. Allí, solo el verdadero amor hace posible la convivencia. “Yo vuelvo a ser yo y tu vuelves a ser tu” En palabras del mismo Otto Kernberg: “a medida que nos lavamos los dientes juntos todos los días, y uno hace pipí mientras que el otro le pregunta a qué hora vuelve para cenar, esta idealización inicial cambia y de la idealización primitiva, surge gradualmente la gratificación de los ideales comunes realizados a través de cómo se va a construir la vida, educar a los hijos y los planes de la pareja para el futuro”.
El amor erótico es exclusivo, pero permite amando a la otra persona, amar a toda la humanidad. Es exclusivo sólo en el sentido de que puedo fundirme plena e intensamente con una sola persona, pero es solo en este sentido que excluye el amor por los demás. El amor erótico, si es amor, tiene una premisa y es amar desde la esencia del ser, desde su centro. Vivenciar a la otra persona en la esencia de su ser. Y es que en esencia, “todos los seres humanos somos idénticos” Navegamos en el mismo barco; todos aspiramos a ser felices y sufrimos por las mismas circunstancias que nos lo impiden. Y siendo así, no debería importar al quien amamos. Se convierte así el amor, además de “un sentimiento espontáneo y emocional” en un acto de voluntad. Amar a alguien además de un sentimiento muy poderoso, es una decisión, un juicio y una promesa. Tanto la naturaleza humana como el amor tienen un carácter paradójico en el sentido de que todos somos Uno y sin embargo cada uno de nosotros es una entidad única e irrepetible; y así, en la medida en que todos somos uno, podemos amar a todos de la misma manera, en el sentido del amor fraternal, no condicionado. Pero en la medida en que todos también somos diferentes y tenemos un Yo, el amor erótico requiere, precisa, pone en práctica elementos específicos e individuales en la relación entre dos.
El Ego alcanza su máxima expresión e interacción en el amor de pareja, existiendo instantes y ocasiones, donde el mismo pasa a un segundo plano e incluso desaparece. Antes de ser trascendido, el Ego debe formarse y consolidarse. El amor consiste en la capacidad de permanecer abierto y vulnerable, tolerando y disfrutando la trascendencia natural de las fronteras del ego que tiene lugar bajo el hechizo de la pasión; pero, si la experiencia erótica depende en parte de la lucha del ego por hacerse uno con el objeto de su deseo, esto es también una fuente de angustia ya que tememos lo que más deseamos, la desaparición del ego, que acompaña a cualquier contacto profundo con otra persona, pero también con la muerte. Esa fusión del ego en vida, puede ser considerada como una “indiferenciación regresiva” propia de los bebés y de los psicóticos; sin embargo existen múltiples ocasiones en nuestra vida adulta en las que el ego “relaja” sus fronteras como en el trabajo creativo, el enamoramiento, en el éxtasis de la intimidad y hasta en el deporte y al escuchar música, sin que esto implique una regresión a la vida mental infantil. El ego lo necesitamos para funcionar en el mundo; para conocernos y reconocernos, relacionarnos e identificarnos; pero para poder experimentar nuestra conexión con el universo es necesario abandonar el ego para encaminarnos no tanto hacia la separación e individuación, como hacia el amor incondicional y la muerte.
En experiencias extremas, enfermedades graves y contactos con la muerte, el Ego es capaz de relajar sus fronteras e incluso sobrepasar el límite de los opuestos. “Esta persona está más allá del bien y del mal” decimos, e incluso ser capaz de estar realmente presente solo en el aquí y el ahora.
Es el Amor Fraternal, que comprende el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a cualquier otro ser humano. Se basa en la experiencia de que todos somos uno. Requiere percibir al otro en su centro y no solo desde la periferia. El verdadero amor solo comienza a desarrollarse cuando amamos a quienes no necesitamos para nuestros fines personales. El amor al desvalido, al pobre y al desconocido, es el comienzo de la compasión.
Y ¿qué sucede entonces con el anciano?
Quedaría muy bien presentarles una foto de dos ancianos agarrados de mano muy enamorados; también podría enseñarles algunas de situaciones patológicas y de soledad. Desde el punto de vista práctico, habría que considerar dos situaciones: La pareja de ancianos y el o la anciana sola(o).
No podemos apartar en primer lugar las tres verdades universales que al príncipe Sidharta (El Buda Shakyamuni) hace mas de 2500 años lo indujeron a seis años de ascetismo como son: La vejez, la enfermedad y la muerte; realidades estas con las que se enfrentan todos los ancianos, implicando esto un proceso de aceptación progresiva. La palabra clave aquí en cuanto a la relación de pareja es Agradecimiento; agradecimiento. por haberse permitido el uno al otro ser espejo y plataforma para su crecimiento y evolución. Además de que el solo hecho de haber vivido, ya hace que cada persona acumule experiencia y sabiduría, que de manera amorosa es trasmitida, cuando menos, a la descendencia. Es el arquetipo del Viejo Sabio.
La docencia, la enseñanza. es un acto eminentemente amoroso; el Ego se deprende de su posesividad y entrega los conocimientos, la experiencia para beneficio del otro. Así mismo la psicoterapia en el sentido de la no intervención directa del yo del terapeuta en la relación de ayuda. La medicina por su parte es un acto de compasión, en sentido opuesto a la lástima, ya que aborda el sufrimiento del otro desde amor y no desde la rabia.
El amor en la vejez es más sereno y profundo, lejos de la pasión de la juventud, se convierte en compañía y agradecimiento. La pasión se transforma según las necesidades en compasión, dirigida tanto a la pareja como hacia su entorno.
Hoy en día se sabe por numerosos estudios que la sexualidad no se termina con la edad. Y este pareciera ser un aspecto más preocupante de los que no hemos llegado a esa etapa, que de quienes ya la transitan. Sin embargo, está demostrado que la viudez y el deterioro de la salud, más no la longevidad, son los factores que influyen en la disminución o el cese de la sexualidad en esta etapa. En 1972 Pfeiffer y Davis encontraron que 2 de cada 3 hombres mayores de 65 años y 1 de cada 5 mayores de 80 años eran sexualmente activos, y que en estos últimos si bien su actividad declinaba, el deseo persistía. Los resultados de las mujeres diferían: 1 de cada 3 mujeres mayores de 60 años manifestaba tener interés sexual, pero solo 1 de cada 5 tenía relaciones sexuales. . En 1976 en el famoso informe Hite, específicamente de la sexualidad femenina, concluye que para la mayoría, el placer sexual se incrementa con la edad, especialmente entre las post menopáusicas sexualmente activas.
A diferencia de la sexualidad en la pareja joven que se caracteriza por ser más instintiva, explosiva y ligada a la procreación, en la pareja anciana, está más ligada al reconocer y compartir sentimientos mediante palabras, acciones y percepciones no dichas, y profundizar así el entendimiento mutuo.
Pero definitivamente que al igual que llegamos solos, nos vamos solos; y así como La esencia misma del amor materno es cuidar de que el niño crezca y desear que se separe de ella, aquí en la postrimería de la vida, el Ego progresivamente debe ir desmontando sus fronteras y con gratitud y cuido; sin dependencia ni apego, asumir a la hora de la partida, el dolor del otro con la esencia misma del amor, que es la compasión y dejarlo continuar en su trascendencia. Y el poder morir de manera amorosa, agradecidos de haber vivido, implica despojarse del Yo, para trascender y pasar a formar parte de la vastedad del Universo.
Ernesto Rodríguez C.
Caracas, Septiembre 2011
Referencias:
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